Forma y fondo de Chile

Me parece percibir en mucha gente una creciente nostalgia de las formas. En Chile, hemos ido perdiendo nuestras propias formas, esas que tenían nuestros padres al saludar, comprar el pan, o iniciar una conversación. Cada comunidad o clase social tenía sus formas. Ahí está el largo ritual del saludo en la cultura mapuche: al hacerlo se preguntaba no solo por los miembros de una familia, sino por todos los seres que habitaban una casa, hasta por el perro.



En Chiloé, todavía a los profesores se les dice "maestros": la provincia es más cuidadosa de las formas que la presuntuosa y provinciana Santiago. Nuestra clase media -templada en la formal educación pública chilena- era especialmente preocupada por las formas. Tal vez lo que más ha impresionado a las generaciones más jóvenes al conocer la historia del ex Presidente Patricio Aylwin es encontrarse con una elegancia en la sencillez, una parsimonia en la manera de dialogar y conversar y en su pulcra ejecución de los rituales republicanos. Muchos se han sorprendido de la molestia que significó en su tiempo el desaire que le hiciera un militar subalterno al Presidente Aylwin en la parada militar al no pedirle permiso para iniciarla. Esos desaires son tan frecuentes hoy, que se han convertido en conductas ya arraigadas en nuestro convivir.

Sorprende el descuido de las más altas autoridades por las formas republicanas antes sagradas. La mayoría de los políticos de hoy son como sacerdotes sin fe ejerciendo una liturgia vacía. Pero donde las formas se han relajado hasta extinguirse completamente es en ese nuevo espacio público que son las redes sociales. De manera destemplada y sin filtro, todos nos hemos convertido en linchadores en el panóptico virtual adentro del cual vivimos hoy.

Antes el espectáculo referencial de la política, de la "polis", era el teatro; hoy es el circo romano. Como hay tanta palabrería desaforada, el que quiere hacer escuchar su "opinión" tiene que vociferar, o escupir o vomitar, hacer todo tipo de alardes para encontrar una audiencia. Cuando un diputado tiene que salir en ropa interior a la calle para promover una causa o sacarle la madre al que quiere denunciar, es porque las conversaciones sobre los temas importantes del país ya no se hacen en el ágora, sino en las alcantarillas.

Se nos dirá que lo que se ha perdido es solo la "forma". ¿Pero no es la forma tan importante como el fondo? En realidad, cuando en el debate se pierden las "formas", es porque hace tiempo se ha perdido el fondo, la sustancia, el contenido. Tal vez nuestros viejos maestros y antepasados intuían que sin buenos modales, sin formas, el monstruo que está adentro de todos los seres humanos sale de paseo a dar sus zarpazos. 

Hoy los monstruos están afuera, en la calle, y por eso es frecuente ver a señoras muy elegantes lanzándole a uno su auto 4 x 4 o el carro de las compras más una copiosa retahíla de garabatos, o a pasajeros del Transantiago acuchillando a otros pasajeros solo porque no les gustaba lo que el otro u otra estaba cantando. Y cuando los diputados y senadores se convierten en actores vociferantes y la política en un "reality show" de trasnoche, es señal de que el país pierde no solo sus formas, sino su forma, su fisonomía. La derrota del lenguaje y las formas siempre termina a la larga en guerra civil o dictadura o en esa gran "jalea" de la que hablaba Huidobro.

Llegará un día en que la falta de formas será tan grande, que habrá nuevas generaciones que las buscarán instintivamente, con desesperación, o crearán otras nuevas. Propongo una revolución silenciosa: cada vez que nos subamos al auto o al metro, cada vez que nos topemos con un vecino o prójimo cualquiera, que cada uno de nosotros se reencuentre con sus formas perdidas: con un saludo cordial, con unas "gracias" sinceras, con un consabido y clásico "buenas tardes". Tal vez así empecemos a ser, de a poco, un país posible y en forma.

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