El pensar calculante

“El defecto no es solo de una derecha economicista, sino también de una izquierda que a veces reniega de la reflexión y suplanta las ideas por las consignas, como sus antecesores lo hicieron por las cifras…”


“Chile no es un listado de indicadores o estadísticas”, afirmó la Presidenta Bachelet en su discurso de asunción.

Estas palabras, dichas desde el balcón de La Moneda al caer la tarde del martes, sonaron como disparos al corazón del gobierno anterior, uno que centró gran parte de su discurso (o “relato”) en las cifras y las estadísticas, guardadas en flamantes pendrives y proyectadas en pretenciosos powerpoints . Quiero leer en esas palabras algo más que un simple ataque o un gustito que la Presidenta Bachelet quería darse después de tantas semanas de autoexhibicionismo numérico y autoalabanza incontinente del Mandatario saliente. Más que un mero problema de error comunicacional para difundir buenos resultados (que nadie puede negar), lo que explica la flagrante derrota del gobierno anterior es que quedó atrapado en la pobreza y reduccionismo de una forma de pensar que el filósofo Martin Heidegger llamara tan acertadamente “el pensar calculante”.
La distinción que hiciera el filósofo alemán entre “pensar calculante” y “pensar meditativo” nos puede servir para entender el decurso de una parte de la historia de nuestra política de estos años. Es en la conferencia titulada “ Gelassenheit ” donde Heidegger establece esa oposición. Algunos traducen la palabra en alemán como “desasimiento”, otros como “serenidad”. Me gusta más esta última. Escasea serenidad en nuestras vidas agitadas y también en la política hiperventilada que nos gobierna. Pero lo que más escasea en nuestra época técnica -según Heidegger- es en primer lugar el pensar. “La falta de pensamiento -dice el autor de "Ser y Tiempo”- es un huésped inquietante que en el mundo de hoy entra y sale de todas partes. Porque hoy en día se toma noticia de todo por el camino más rápido y económico, y se olvida en el mismo instante con la misma rapidez. Así, un acto público sigue a otro. Celebración conmemorativa y falta de pensamiento se encuentran y concuerdan perfectamente". Si cito tan extensamente al filósofo de la Selva Negra es porque me parece que su diagnóstico es casi una fotografía (y no una caricatura) de lo que ha sido nuestra vida social y política en estos años. Mucho evento, mucha celebración, mucha chaya, mucho anuncio. Nos hemos convertido en el país del evento a todo evento, pero del evento y la celebración sin pensar, sin ideas. Todo el incesante activismo del que hacemos gala encubre un vacío, una falta de reflexión abismante.

El único atisbo de pensar de nuestra época es el del pensar que calcula, el pensamiento que cuenta, planifica, un pensamiento necesario para crear empresas y riqueza (necesarias, por supuesto), pero que tiene la limitación de correr de una actividad a la siguiente, sin detenerse nunca ni pararse a meditar. Y eso es grave, porque el hombre, por esencia, es un ser pensante. Y cuando hablamos de pensar no nos estamos refiriendo a una elevada o sofisticada reflexión filosófica de tinte académico. “Es suficiente -dice Heidegger- que nos demoremos junto a lo próximo y que meditemos acerca de lo más próximo, acerca de lo que nos concierne a cada uno de nosotros aquí y ahora, aquí, en este rincón de la tierra natal”. Pero esa actitud supone entender que la vida humana, social y política de un país no puede reducirse solo a cifras.

No sé si la Presidenta Bachelet tenía plena conciencia de las profundas implicaciones filosóficas de su aseveración, dicha al calor de un discurso de asunción. Es de esperar que el equipo que la acompañe a gobernar y a legislar aquilate las implicaciones de esas palabras y entienda que una de las urgencias de nuestro país sea demorarse, darle cabida a la reflexión profunda en un día a día (el de la actividad política) devorado por los cálculos, defecto no solo de una derecha economicista, sino también de una izquierda que a veces reniega de la reflexión y suplanta las ideas por las consignas, como sus antecesores lo hicieron por las cifras.
Cristián Varnken

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