El mal está adentro

“Curiosamente, la crisis moral de la principal potencia de Occidente nace de la superioridad moral que esta se arroga sobre el resto del mundo. No hay nada tan temible como la arrogancia de los que se creen ‘buenos’…”

Cristián Warnken
¿Tiene Estados Unidos la autoridad moral para iniciar un ataque a Siria por razones “humanitarias”? En el conflicto Irak-Irán, su aliado (Irak) usó armas químicas contra sus adversarios. ¿Le importó entonces a EE.UU. la población civil que su adversario quería aniquilar?

Pero la pregunta es más profunda todavía: un país que justifica el asesinato para deshacerse de sus adversarios, que ha tenido un centro de detenciones en el que se tortura, que practica un espionaje sistemático en la vida privada de millones en el mundo, ¿no está sufriendo acaso una profunda crisis moral que puede socavar incluso los fundamentos ético-políticos en que se funda? Pienso en Emerson, Jefferson o la figura tutelar de Lincoln, entre otros.

La movilización de tropas y recursos contra Irak se basó en una mentira: la de la existencia de armas de destrucción masiva que nunca se encontraron. Un Estado le mintió al mundo entero y a sus propios ciudadanos. ¿No cabría, entonces, la legítima duda de que en este caso (el de Siria) pudiéramos estar ante otra mentira o una verdad fabricada por los servicios de inteligencia?

Claro que las imágenes de niños muertos por gas sarín en Damasco son escalofriantes. Y si fuera cierto que Siria cometió ese deleznable genocidio, ¿por qué se justifica invadir en unos casos y en otros no? La política exterior de Estados Unidos deja tras de sí una estela de incoherencias sin precedentes. Los estadounidenses formaron y financiaron a un terrorista temible (Bin Laden) para derrotar a los rusos, creando su propio Frankenstein. Apoyaron a un dictador fanfarrón y genocida: Hussein. ¿Qué otro engendro saldrá ahora de sus manos?

Curiosamente, la crisis moral de la principal potencia de Occidente nace de la superioridad moral que esta se arroga sobre el resto del mundo. No hay nada tan temible como la arrogancia de los que se creen “buenos”. La “película” que están viviendo los estadounidenses tiene como base un guión más burdo que el de ciertas superproducciones de Hollywood: nosotros somos el bien, el mal está afuera. ¿Y si el mal estuviera adentro?

En toda la gran narrativa norteamericana (partiendo por Hawthorne y Melville) hay una lúcida indagación sobre el problema del mal. En esas novelas, cuentos y películas el mal se pasea al interior de “tranquilos” y perfectos condominios o barrios de clase media. Los asesinos andan sueltos y están en casa. Esos psicópatas han desbordado la ficción y provocan matanzas en colegios, cines, universidades, como las que vuelven a repetirse una y otra vez en el país del Norte. La violencia reprimida y acumulada al interior de sus propias fronteras interpela a Estados Unidos desde adentro. La gran pregunta que debe hacerse a sí mismo (y que es la que han formulado insistentemente sus escritores, intelectuales y cineastas más lúcidos, como Kurt Vonnegut, Henry Miller, Norman Mailer, David Lynch, John Carpenter, entre otros) es: ¿por qué tanta violencia en la Tierra Prometida, el Paraíso fundado por cuáqueros y colonos moralistas? Estados Unidos tiene una fascinación atávica por la violencia y es la gran fábrica y exportadora mundial de violencia en el cine y los videojuegos.

Tal vez todo esto pueda explicarse por el mecanismo inconsciente, descrito por el psicoanalista suizo Carl G. Jung, que consiste en desplazar la propia “sombra” (el lado oscuro) hacia otros y condenar el Mal en los otros, Mal que no es sino la proyección del propio. La “sombra” de Estados Unidos ha llegado demasiado lejos, hasta cubrir una parte importante del orbe. Es hora de que este juego de videogame psicopático termine, por el bien del mundo y del propio EE.UU., ese país capaz de engendrar un poeta acogedor y humanitario como Whitman, y una figura brutal y primitiva como Rambo. El verdadero combate de Norteamérica tiene resonancias bíblicas y debe librarse no afuera, sino adentro de sí mismo, entre sus dos almas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario